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Tenedores, palillos, dedos…

 

Pocas personas han escrito de gastronomía con la elegancia irónica con que lo hizo el gallego Julio Camba, cuya obra “La casa de Lúculo o el arte de comer”, publicada en 1929, pero muchas veces reeditada, debería ser uno de los libros de cabecera de todo gastrónomo que se precie.

Tanto en este libro como en artículos posteriores, Camba, que era un hombre muy viajado, expresa su admiración hacia las personas que, sin ser naturales de Italia, son capaces de comer correctamente un plato de spaghetti.

Hoy, la cocina italiana, con la pasta a la cabeza y las distintas recetas de spaghetti como buque insignia, se vende en todo el mundo, y la gente ha aprendido, “grosso modo”, a comer spaghetti sin deleitar a quienes le rodean con, como decía Camba, un bonito número de circo.

La verdad es que, con un poquito de práctica, la cosa no es complicada y ni siquiera precisa el auxilio, tan socorrido, de la cuchara para enrollar la madeja de pasta, cosa que se hace sencillamente con el tenedor apoyado en el borde del plato.

Otro asunto es, desde luego, comer spaghetti con la mano; también arroja cierta dificultad comerlos al estilo oriental, con palillos; las cocinas asiáticas incluyen no pocos platos de pasta larga, y eso sí que, sin práctica y con palillos, requiere tanta habilidad como la de hacer juegos malabares.

La cosa es que a mucha gente, cuando viaja -y pongamos que ‘viaja’ al restaurante italiano, al chino o al japonés de su barrio-, le cuesta menos trabajo adaptarse a lo que se come que a cómo se come.

Y hoy, cuando la gente viaja de forma compulsiva o, al menos, se traslada a otros puntos del globo, porque viajar es algo más que recorrer a toda pastilla un país en cuatro días, se puede encontrar con bastantes problemas a la hora de comer a poco que quieran dejar el ‘uniforme’ de turistas y pretendan una mínima integración en la cultura y las costumbres locales.

Digamos que, en este terreno, hay, básicamente, tres culturas: la del tenedor, la de los palillos y la de los dedos.

Comer con palillos le parece a muchísima gente una cosa tan difícil, o seguramente más, de lo que le parecía a Camba comer unos spaghetti.

La verdad que una cosa que hacen dos veces, o más, al día unos 1.800 millones de personas, más que nada en Extremo Oriente, que vienen siendo la cuarta parte de la humanidad, no tiene, como ustedes comprenderán, la menor dificultad; es, como todo en esta vida, cuestión de práctica.

Sucede que en esas culturas llevan usando palillos para comer bastantes siglos más de los que hace que nosotros empezamos a usar el tenedor y, claro, tienen ya muy dominada la técnica.

Desde mi humilde punto de vista, es mucho más peliagudo comer con la mano que comer con palillos. Comer con la mano, quiero decir, allá donde se come normalmente con la mano; porque quien se crea que por comer con la mano está exento de seguir unas rígidas normas de etiqueta, va listo.

Y no se trata de comerse una gamba, menester para el cual usamos ambas manos, no: se trata de comer cordero, o arroz, sirviéndose únicamente de tres dedos -pulgar, índice y corazón- de la mano derecha, aunque uno sea zurdo, que ésa es otra.

Ustedes inténtelo. Se ha dicho siempre que todo se puede comer con la mano si se hace con naturalidad. Prueben, prueben. Naturalmente, me refiero a comer con la mano sin ponerse perdido y siguiendo todas las reglas de la etiqueta en la mesa.

Con la mano… y sentados en el suelo, sirviéndose de una bandeja común. Hay que saber no ya latín, sino por lo menos árabe clásico o sánscrito para salir con elegancia de un embolado así. O, como siempre, tener muchísima práctica.

No teman, de todos modos: en muchísimos casos, sin necesidad de pedirlo, le traerán un plato individual, así como cubiertos occidentales, y nadie se molestará si usa todo ello: la hospitalidad incluye la comodidad del huésped.

Pero si quieren ustedes quedar como señores… entonces, amigos míos, deberán rehusar educadamente, agradeciendo el detalle, esos instrumentos occidentales y hacer como todo el mundo.

No sé, pero en las agencias de viajes deberían facilitar, junto con la clásica guía de los monumentos que hay que entrever a toda velocidad, un manual de urbanidad local en la mesa.

Si aprende usted a comer naturalmente con palillos, si es capaz de revestir de esa misma naturalidad y elegancia el acto de comer con las manos, sus anfitriones chinos, japoneses, tailandeses, indios o beduinos le darán a usted la categoría de viajero… que es una cosa bastante más seria y complicada que la de simple turista. Practiquen: vale la pena. CAIUS APICIUS

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