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¿A qué saben las nubes?

Un bar de carretera apuntando con una flecha a las nubes

El famoso anuncio de compresas que hace unos años sentó cátedra en la fraseología popular española con el archiconocido “¿a qué huelen las nubes?”, me ha valido de inspiración para reflexionar acerca de una enfermedad degenerativa y feroz que, poquito a poco y sin que a nadie parezca molestarle demasiado, está acabando con los sabores de los alimentos. Reflexión que no será más que un apéndice del análisis audaz y certero que, bajo el título “Na, sabe a na…”, firma David Monaguillo esta semana en Tribuna.net.

¿A qué saben las nubes? Yo, que escalo montañas y que doy de vez en cuando paseos por las nubes, últimamente percibo un gusto parecido en las nubes y en muchos de los alimentos que como. A las nubes no se les puede acusar, porque pululan por las alturas desde siempre, pero que nuestros sabores se estén evaporando, pasando del lecho terrestre a la órbita celeste, es responsabilidad de quienes sólo están interesados en maximizar las producciones agrícolas, ganaderas e incluso pesqueras, al mismo tiempo que se minimizan los costes.

Como dice Monaguillo, el mal de los sabores afecta a todos los niveles: al pan, del que ya hemos hablado largo y tendido estas últimas semanas, a los tomates, a los calabacines, a los pimientos, al pescado, a las frutas envasadas, etc. A la lista, por flagrantes, yo añadiría la leche, los huevos y el pollo, productos debilitados de animales debilitados -las vacas y las gallinas- que pasan todos los días de su vida entre cuatro paredes, sin ver ni si quiera la luz del Sol. Casi como nosotros. Y a la extinción de los sabores, además, sumaría el paulatino descalabro de la calidad de los alimentos. Son más bonitos, eso sí, pero los signos visibles de la mano del hombre sobre ellos, desvelan que no estaba reservada para nosotros las tarea de la creación, ni si quiera la de la modificación. Ni la tarea, ni el derecho. Pero así somos.

Siempre nos quedará cocinar nuestro propio pan, crear nuestros mini huertos en las terrazas de nuestras casas, como el de Sofía, o sustituir a los perros y gatos por las gallinas como animales de compañía.

Foto: Kozumel

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