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Cada vez más fácil, cada vez peor

Un puñado de tenedores y cuchillos amenazando a una cuchara indefensa

Madrid, 6 oct (EFEAGRO).- Aunque sea de suponer que siempre se ha querido, es en los últimos años cuando se han registrado más avances para facilitar al hombre las cosas, especialmente las que afectan a su vida cotidiana: cada vez hay que pensar menos y tener menos habilidades manuales. Así ha ocurrido también en la mesa.

Un par de ejemplos: ¿cuántos números de teléfono tiene usted en su memoria, no en la de su celular? Cada vez menos, ¿no? ¿Cuánto tiempo hace que no ha resuelto una raíz cuadrada?

Las respuestas son sencillas: la memoria telefónica decrece en proporción directa a como crece la agenda almacenada en la memoria del celular, y desde que las calculadoras están en el mercado nadie ha vuelto a hacer no ya una raíz cuadrada, sino una simple división. Para eso está el aparatito.

Con el protocolo en la mesa ha ocurrido lo mismo. Probablemente aún recuerden anécdotas referidas a personas que no sabían seleccionar qué tenedor debían usar con cada plato, en los tiempos en los que las mesas eran una ostentación de poderío y sobre ellas se disponía, al mismo tiempo, toda la cubertería y toda la cristalería.

El no iniciado lo pasaba mal, hasta que acababa por comprender que los cubiertos se iban usando desde el exterior al interior. Hoy, lo correcto es marcar cada plato con sus cubiertos, con lo que no hay duda: se usan los que hay.

La comida viene emplatada: no hay que servirse. Así se ahorra a quien no está acostumbrado el mal trago de tener que hacerlo formando una pinza con los cubiertos de servir, a una sola mano, o el de apelar al incómodo, dada la posición de comensal y bandeja, uso de ambas manos.

Pero de estas lógicas simplificaciones hemos pasado a algunas más radicales: se nos incita a comer directamente con las manos, sin cubiertos occidentales ni orientales, un montón de cosas antes impensables. Más sencillez no cabe, pensarán: comemos con las manos y no sufrimos con el uso correcto de los cubiertos.

Muy mal. El hombre occidental no sabe comer con las manos. La verdad es que no sabe hacer casi nada con las manos. Un ciudadano de la India se escandalizaría si viera a un europeo usar la mano derecha para limpiarse la parte inferior de su cuerpo, o la izquierda para llevarse la comida a la boca.

Un buen beduino observará atónito cómo su invitado come, no a boca llena, sino a manos llenas, cuando su protocolo establece que sólo han de usarse para ello los dedos pulgar, índice y medio de la mano derecha. No, no es nada fácil improvisar una conducta que ha requerido siglos de aprendizaje, y que en ellos es automática, como debería ser el buen uso de los cubiertos entre nosotros.

Comer, aunque se haga con más personas y sea, por supuesto, un acto social, es una cosa bastante íntima: no es agradable ver comer a nadie, pero nuestras televisiones se empeñan en hacer probar los más variopintos platos a toda clase de ciudadanos: a veces, el espectáculo mueve a risa, pero la mayoría de los casos lo que genera es repugnancia.

Y, mientras, los creativos publicitarios compiten entre sí a ver quién es capaz de sacar en un comercial al tipo con peores modales en la mesa, al que toma el tenedor como si fuera una alabarda, al que usa el cuchillo como una sierra mellada y al que lo más elegante que sabe hacer con los dedos es chupárselos para limpiarlos después de comer marisco y haberse bebido el agua con limón que la habían facilitado para lavarse las manos.

Tampoco es que todo sean facilidades técnicas, porque, por ejemplo, a mí me cuesta meses (y quizá no lo consiga nunca) manejar una computadora o un smartphone con la familiaridad con que lo hace un crío de ocho años. Me parece un misterio insondable.

Caius Apicius.

Foto: Arquitextonica

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