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10 mentiras de madres para que sus hijos coman más y mejor

Desde el cuento de Caperucita, pasando por los Reyes Magos, los bebés transportados por cigüeñas desde París, etc. Los padres somos los mayores mentirosos de nuestros hijos. Mentimos para que se porten bien, para que teman lo que nosotros consideramos que hay que temer, y para que crean en lo que nosotros decidimos que hay que creer.

Pero, sobre todo, los padres somos capaces de sacar a relucir todas nuestras argucias en pos de engaño para hacer que nuestros hijos coman lo que les cocinamos, cuando se lo cocinamos y como se lo cocinamos; una técnica refinada a lo largo de los siglos que bien podría elevarse a la categoría de ciencia, en la que creo justo y necesario hacer una diferenciación de género en favor de las madres, pues -reconozcámoslo- son ellas las verdaderas maestras en el noble arte de la mentira.

Por eso, porque las admiro y las venero, porque me apasiona ver la extrema frialdad con la que sueltan sus patrañas y consiguen su objetivo sin pestañear, y porque sé que nunca llegaremos a ser como ellas, ni en esto ni en todo lo demás, hoy he querido dedicarles un artículo a las madres que mienten con gracia y sin pudor para que sus hijos coman más y mejor, basándome para ello en los testimonios reales de madres mentirosas y de hijos mentidos (los troleros del futuro) que tuvieron a bien participar en el debate que, hace escasas semanas, lancé en las redes sociales:

1. Espinacas por perejil, de Graci Roldán

Como si de la malvada bruja de Blancanieves se tratara, la gran Graci se vio un día echándole hojitas de espinacas a las hamburguesas en su siniestra cocina para acabar colándoselas a sus hijos como si fueran perejil. Después de perpetrar su plan a la perfección, reconoce haber sentido tal remordimiento, que nunca ha osado volver a hacerlo.

2. Salsas trampa de Sofía Pedraza

Instigada por la mismísima Graci Roldán, quien -por su declaraciones- se destapó como toda una cinturón negro de las patrañas gastromaternas, Sofía reconoció haber elaborado salsas para sus legumbres con todo tipo de sofritos de verduras que, en condiciones normales, habrían sido repudiadas por sus hijos, pero que con un agudo triturado, consiguió convertir en invisibles.

3. Trampantojos de la madre de Rosalía Martínez

Ríete tú te Diego Guerrero, el rey de los trampantojos. La madre de Rosalía era capaz de endosarles a sus hijos lengua guisada presentada agudamente como “carne blandita”, o un pedazo de atún con tomate disfrazado de filete de cerdo.

Pero si la madre de Rosalía dio buena muestra de su categoría, la revelación por parte de la nieta de las artes de su abuela, dejaron más que claro que estamos ante toda una saga. Y es que -agárrense, que vienen curvas peligrosas- Rosalía reconoce que su abuela le echaba chocolate a las lentejas y Cola Cao a las tortillas para camuflar su sabor y conseguir que se las comiera. Patidifuso me dejó.

4. La sopa Hulk de Mercedes Romano

En el que, para mí, fue el punto álgido del debate, se puso de manifiesto ese poder del que os hablaba, inalcanzable para un padre, por el que una madre es capaz de inventar en pocas décimas de segundo un concepto genial tirando de psicología inversa, y hacer que sus hijos pasen del rechazo al deseo con una frase irrefutable, sin fisuras. Llamarle a una sopa de calabacín “sopa Hulk” y quedarse tan pancha, es todo un festival del engaño doméstico infantil que yo elevaría a la categoría de obra de arte.

5. Las cabezas de mono de la tía de Mercedes Romano

Después de lanzar esta perla, Mercedes se envalentonó y echó mano del memorándum de familia, en el que se recoge cómo una de sus tías les decía a sus tres primos que “las lentejas eran cabezas de mono (en relación con un chiste de Calvin y Hobbes), y éstos se las comían súper contentos”. Y es que donde se ponga comerse una cabeza de mono, que se quite una cucharada de lentejas. Dónde va a parar.

Esto me recordó lo de las caras de monjitas en los garbanzos, aunque a mí nunca me supuso un estímulo comerme a miembros del clero los días de cocido, un plato con el que no recuerdo haberme resistido jamás de los jamases.

El mono de Prince

Que no, que no, que no son lentejas, que son cabezas de mono.

6. Leche de vaca recién parida, de Graci Roldán

Aunque para envalentonamientos de órdago, el de Graci, que varios comentarios después decidió volver a la carga con un testimonio que ya he encargado que me enmarquen para adornar las paredes de la cocina de mi casa. Y es que su santísima madre, al parecer, con la intención de hacer comer a ésta su ración diaria de miel -el místico alimento conocido por todo niño como vómito de abejas-, se la echaba a la leche con la cantinela posterior de: “está dulce porque es leche de una vaca que acaba de tener un hijito”, a lo que Graci y el resto de niños del mundo que son engañados a diario con este enredo, dicen para sus adentros: “qué lista es mi madre, cuánto sabe y qué razón tiene”.

7. Surimi de sesos de cerdo y vaca, de Choni Anastasio

Hacer que un niño coma lengua es todo un logro, pero conseguir que coma sesos es una hazaña épica sólo al alcance de madres con un dominio extremo de la mentira piadosa. Tal es el caso de la madre de Choni, capaz de hervir, picar en trocitos, y freír sesos, para presentarlos como si fueran apetitosas puntillitas de pescado. Inconmensurable.

8. El destierro del calabacín, de Mónica Escudero

Hay madres que, incluso, son capaces de convencer a sus hijos de que una verdura no existe, y que lo que ven sus ojos no es lo que le han dicho en el colegio que es, sino lo que ella dice que es. Mónica -que estoy seguro de que se guardó algunas grandes anécdotas debajo de la manga para cederle la exclusiva a Mikel en un futuro post que (todos sois testigos) será un plagio de éste- nos dijo que su pequeño Elvis vive contento y feliz con la convicción de que los calabacines, en realidad, son pepinos. Gran táctica.

9. “Come rápido”, de Mariló Flores

Lo que más le preocupa a Mariló es evitar que comer unas lentejas se convierta en la obra del Escorial en su casa, y para animar a su retoño, se inventa cosas del tipo “come rápido, o el estómago se enfadará y se tirará unos pedos enormes”. Amenaza que, cuando lo que se comen son lentejas o garbanzos, se acaba cumpliendo de todas, todas.

Durmiéndose mientras comen

Definitivamente, voy a tener gases esta tarde.

10. Patatas fritas con berenjena, de Sofía Rodríguez

Me consta que la santidad de su hijo Rubén no ha obligado a Sofía a desarrollar sus armas de seducción para que hacer que aquél se coma lo que le ponen -algo en lo que, seguro, también ayuda el buen hacer de la madre-, pero un día me contó que le hizo para cenar estas falsas patatas fritas “light” hechas con berenjena y que, feliz como una lombriz, le dijo: “qué ricas las patatas fritas, mami”; y claro, la mami rió y calló.

No sé si con estos testimonios queda demostrada, o no, la validez de la mentira en sus dosis justas como recurso didáctico gastronómico. Sólo sé que, a medida que me he ido haciendo mayor, he ido comprobando cómo muchas de las personas de mi entorno que, siendo niños, sólo comieron verduras, legumbres o pescados sumidos en el mayor de los engaños, ahora matarían por un tupperware de su madre con alguna de estas comidas caseras.

Si como madre mentirosilla o como hijo damnificado, no pudiste participar en este divertido recopilatorio de mentiras , ahora tienes la oportunidad de poner tu granito de arena dejándonos un comentario con tu aportación.

Foto: Matt Preston

8 comentarios en esta entrada
  1. HOLA A TODAS….!!! Si bien siempre me he ufanado de no mentir a mis hijos con la comida, y decirles esta es la comida…a comer! (como decir: es esto no hay ni habrá otra cosa) Tuve reparos con el pescado…por comentarios de otras madres que decian que los niños no quieren pescado y que las espinas y tal…Pues ante esta cuestión cociné merluza a la romana lo puse en la mesa y mi hijo preguntó : qué es? TORTILLA dije…dame más tortilla contestó. ¡punto para mí!! Terminada la comida afirmé: mucho te gustó la tortilla!!! SI! respondió. Pues era tortillla de PESCADO,dije…¡qué rico contestó…¡¡¡10 PUNTOS PARA MI!!! jajaja!!!

    • ¡Pues ya llevas 20 puntos, Elsa! Y con esa mano izquierda, seguro que te has ganado el cielo con creces… Fenomenal testimonio. Un saludo.

  2. ¡Lo que me he reído!

    La verdad es que las madres somos crueles y más sabiendo que de mayores, acabamos comiendo prácticamente de todo.

    Graci-as por las risas. El artículo ha quedado de lo más simpático.

    • No sabes la satisfacción que siento al saber que al menos una persona ha estado riéndose leyendo el artículo (yo también disfruté de lo lindo leyendo vuestras historias), pero en este caso es obvio que las gracias sólo pueden quedarse en vuestro lado, en el tuyo y el de todas las madres e hijos que habéis colaborado mandando vuestros testimonios. Vuestras son las anécdotas, vuestro es el ingenio, el sentido del humor, la gracia… Y mío es el agradecimiento inmenso 😉 Un abrazo.

  3. Jijiji… Nunca creí que lo publicaras, pero me alegro de ello!!!
    La verdad es mis niños no fueron muy “delicados” a la hora de comer, pero eso de comer sesos, no se como se lo iban a tomar… así que dije que era pescadito y tan rico que estaba… hoy lo recuerdan con cariño… y hasta les gusta y todo!! jajajaja
    Una #mentirapiadosa que nos lleva derechita al cielo!!!

    • Hola, Choni. Cuando os lancé la pregunta en Facebook, indiqué al final “¡Con vuestras aportaciones escribiré un artículo en breve!”, aunque la verdad es que en ese momento no sabía si iba a haber suficientes testimonios y con suficiente “chicha” como para dar salida al artículo. En este sentido, como te imaginarás, mi sorpresa fue mayúscula. Como dice Graci, tal vez debería pensarme tirar más de la cuerda y escribir un libro… 🙂 Muchas gracias de nuevo por el granazo de arena.

  4. Es un artículo fantástico y que te daría, como tú bien dices, para un divertido libro. Estoy seguro de que cualquier padre/madre se sentirá identificado con muchos de los trucos expuestos. Voy a aportar mi granito de arena: Mi hija Sofía nunca ha sido buena comedora, recuerdo que hace unos años gimoteaba porque no quería beberse un zumo de naranja recién hecho, preparado a conciencia con sus dosis de pulpa y azúcar. En mi ingenuidad la animaba diciéndole que debía bebérselo pronto porque tenía muchas vitaminas que en caso contrario desaparecerían, pero ella esgrimía su propio razonamiento en donde asociaba aquella maldita palabra con todo lo que no le gustaba comer, y tratando de defenderse me gritaba muy compungida ¡Es que a mí lo que no me gustan son las vitaminas!

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