Rabiacanes (mis sabores de Semana Santa)

Vía: Wikipedia. Fuente Original: Prof. Dr. Otto Wilhelm Thomé Flora von Deutschland, Österreich und der Schweiz 1885, Gera, Germany (www.biolib.de)

Hace unas semanas el mundo “blogueril” gastronómico se encontraba movilizado aportando información gastronómica y recetas típicas de Semana Santa. A mí me encanta. Hay tanto que aprender, por ejemplo, de la entrada que Rafa nos ofrece en su blog; o de las fantásticas recetas de torrijas (primera, segunda, tercera), o de panes para hacerla, que Cova nos ofrece en su fantástico espacio (nunca me cansaré de decir que es uno de los repositorios de recetas, sobre todo de dulces, más importantes del panorama nacional). La cuestión es que todo o casi todo lo que se puede decir ya está dicho, y lo que nos queda al resto es aprender. Sobro todo a mí: en mi familia una torrija o un potaje de garbanzos y bacalao era algo casi tan exótico como un consomé de tom yum.

En esas estaba cuando el pasado Domingo de Resurección, mientras estaba cogiendo en las gargantas de la Vera unos rabiacanes, me di cuenta que uno de mis sabores de Semana Santa era precisamente ese: el amargo sabor de los rabiacanes.  ¿Que porqué es uno de mis sabores de semana santa? Pues porque siempre las he cogido, desde hace ya muchos años, en esta época en la que los brotes tiernos de la planta trepan sobre los troncos de los arbustos sobre los que se sustenta. Pero bueno, voy a comenzar por el principio.

Los rabiacanes o rabiza negra es el nombre vulgar de la planta Tamus ComunnisDioscorea Communis (no hay que confundirla con la Rabiacana o Arísaro). Es una planta trepadora que crece en zonas húmedas y umbrías. Yo siempre las he recogido en la comarca  de la Vera, en la provincia Cáceres, donde se dan con bastante profusión, pero crece en toda Europa. Una de las cuestiones curiosas de esta planta, sobre todo teniendo en cuenta que estoy hablando de comerla, es que es tóxica, por lo que su venta se encuentra prohibida. Las partes más peligrosas de la planta son sus rizomas y sus bayas debido a su alto contenido de oxalato de calcio (el ruibarbo, las acelgas, las espinacas y algunos otras plantas contienen también este componente tóxico, pero en menor medida). Como indica Harold McGee en su biblia La cocina y los alimentos, el oxalato de calcio, a diferencia de los oxalatos de sodio o potasio, no son solubles y forman cristales que pueden irritar  la boca y el aparto digestivo; pueden facilitar la formación de cálculos en el riños; y, en dosis elevadas, puede causar hasta la muerte. Sin duda es emocionante comer rabiacanes, ¿verdad? Como es obvio, el consumo de brotes tiernos no supone ningún peligro para la salud. La Larousse Gastronomique indica que su bulbo también es comestible, sin embargo yo no lo he probado nunca ni he visto ninguna receta con él.

Brote tierno de rabiacán

El uso gastronómico de los rabiacanes está documentado desde comienzos de nuestra era. Parece que ya Apicio, en el libro IV, capítulo 2,  de De re coquinaria,  presenta una forma de cocinar los rabiacanes que, en su traducción al italiano, es el “Piatto d’erbe di campo o tamari“. Es éste indica que se prepara de forma similar a otros platos previos que tienen como ingrediente fundamental los espárragos. He de decir que he encontrado otras traducciones, como esta en Español (página 31 del documento) o esta otra en Inglés, en las que no se hace referencia al Tamus Communis. Sí es más clara la referencia de Plinio el Viejo,  que en su Historia Naturalis cita al T(h)amnus, en el capítulo 17 del libro 23, como una planta silvestre que se usa en Italia como alimento. Además, y eso refuerza la tesis de que Apicio la incluyese en su libro, explica, como se puede leer en el enlace anterior, que se comía como los espárragos. Esa referencia a que se prepara como los espárragos es aún vigente. De hecho, en España a los rabiacanes también se le conocen como espárragos rabiacanes, espárragos rechinantes, espárragos buenos y otras muchas variantes que incluyen la palabra espárrago. No es de extrañar que sea así, ya que su sabor recuerda sorprendentemente, por su “dulce sabor amargo”, como díría Jorge Guitián, al sabor del espárrago triguero (no al blanco). Quizá, para mi gusto, el espárrago tenga muchos más matices, pero, el sabor del rabiacán es un sabor realmente interesante (sobre todo para los amantes al amargo, como yo).

Las preparaciones que se hacen con los rabiacanes son diversas, pero quizás las más usual, al menos en Extremadura, es en tortilla, al igual, de nuevo, que los espárragos. Existen textos que indican que los brotes han de ser hervidos antes de consumirlos para que así las sustancias tóxicas se eliminen con el agua que se desecha tras haberlos hervido. Sin embargo no estoy seguro de que sea necesario (sobre todo si se consumen de forma circunstancial) ya que la propia tortilla puede ser hecha habiendo cocido previamente los rabiacanes unos minutos o rehogándolos en una sartén, lo que, por otro lado, permite conservar un amargor mucho más profundo de la planta. Además existen otras preparaciones tradicionales como la sopa de rabiacanes, típica de la Vera, que tampoco deshecha el agua de cocción. Aparte de las posibles recetas que nos podemos encontrar en España, existen otros platos de muchos países Europeos, como en ItaliaGrecia, Croacia o Turquía.

Yo, los que cogí esta Semana Santa, los hice en tortilla (sí, que le vamos a hacer, no soy nada original). Los cocí unos cuatro minutos en agua con sal. Empleé también una cebolla caramelizada (usé esta técnica, que es realmente fantástica) y unos trozos de jamón ibérico salteados.

Hay una última cuestión. Entiendo que no vais a salir todos ahora a coger rabiacanes para haceros una tortilla. El solo hecho de saber que es una planta venenosa os puede echar para atrás a más de uno. A lo que sí os invito es a conocer la zona de la Vera, aunque no cojáis rabiacanes. Yo no sé si  mi ritual de todas las Semanas Santas es una simple excusa para poder dar un paseo relajado por las gargantas de uno de los lugares más bonitos de Extremadura (¡Ah!, y si queréis, os invito a una tortilla en mi casa la próxima Semana Santa).

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Cocina Griega: Briam de patata, calabacín y berenjena. #UntidyFood

El otro día revisé un libro con recetas griegas que mi madre me regaló. Hubo un momento en el que una foto me llamó la atención. No tenía nada del otro mundo. Era una foto más, de un plato más, en un recetario para turistas. Me di cuenta de que la razón por la que me había llamado la atención esa foto era por el aspecto desordenado y caótico de los alimentos que aparecían allí, tan lejos de las presentaciones actuales. En ese momento pensé que debía empezar una serie que catalogaría como #MessyFood. Al final he decidido llamarla #UntidyFood, ya que la primera expresión se refiere exactamente a ésto en inglés, mientras que untidy, a diferencia de messy, no tiene como acepción el término “sucio”. ¿Que porqué lo llamo así? Pues simplemente porque me gusta denominarlo así. Quizás algunos penséis que podría haberlo llamado #ComidaDesordenada, #PlatosCaóticos… pero no, he decidido llamarlo #UntidyFood. ¡Qué mejor razón que la propia convicción de uno!

Explicado lo anterior, os cuento cuál es la receta que os presento en esta entrada. Según he leído en la wikipedia un Briam es un plato, originario de Grecia, de verduras de verano horneadas, donde los ingredientes fundamentales son la patata y el calabacín, pero que puede incluir otros como el tomate, la berenjena, la cebolla, etcétera. Como os imaginaréis el plato es similar a otros muchos de la cocina mediterránea en el que se mezclan diversas verduras en una sola cocción: el pisto, el ratatouille, la escalivada, la samfaina, la caponata, la peperonata o la musaca de los países árabes. Como es lógico, aunque parecidoa entre ellos, las elaboraciones varían entre sí. No es una excepción en el caso de briam. Os presento la versión que he hecho, aunque existen otras variantes. Espero que os guste tanto como me ha gustado a mí.

Briam de patata, calabacín y berenjena

Ingredientes (para 5 personas):

  • 1 kilogramo de patatas.
  • 500 gramos de calabacín.
  • 500 gramos de berenjena.
  • 500 gramos de tomate.
  • 100 mililitros de aceite de oliva virgen extra.
  • 5 dientes de ajo.
  • Perejil.
  • Pimienta.
  • Sal.

Elaboración:

  1. Pelamos las patatas y las cortamos en rodajas. Ponemos en un bol con agua y sal.
     
  2. Si las berenjenas no son muy grandes lavamos bien la piel y las cortamos en rodajas. Si son demasiado grandes, puede que la piel esté demasiado dura, así que en ese caso los peláis. Una vez cortadas, al igual que las patatas las ponemos en un cuenco con agua y sal. 
  3. Limpiamos bien la piel de los calabacines y los cortamos en rodajas. Los reservamos en un cuenco. 
  4. Por último, pelamos los tomates y hacemos un puré con ellos. Si están muy maduros podéis hacerlo estrujándolos con un tenedor. Si no, podéis usar una batidora o similar. 
  5. Una vez preparada toda la verdura, cogemos una fuente de horno y ponemos una capa de patatas seguida de otra de calabacín y otra de berenjena. Cada una de ellas la habremos salpimentado ligeramente. La primera capa deberá contener algo más de cantidad que las otras dos ya que tenemos el doble de patatas que de berenjenas o calabacines. Tras la tercera capa pondremos la mitad del puré de tomate. Salpimentaremos el puré de tomate y le agregaremos una buena cantidad de perejil picado. Tras ello, de forma idéntica a lo anterior, volveremos a poner una capa de patata, seguida de las capas de calabacines y berenjenas, salpimentando en cada una de ellas. Terminaremos con el puré de tomate que nos haya sobrado. Por último, haremos un majado con los ajos, un poquito de sal y perejil al gusto. Agregaremos el aceite y echaremos la mezcla sobre las verduras. Volvemos a poner un poco de pimienta.
  6. Precalentamos bien el horno a unos 180ºC o 190ºC y metemos la fuente en él. Dejamos horneando  hasta que estén blandas las verduras (compruébalo pinchando con un tenedor o un cuchillo, aunque tardará en hacerse unos tres cuartos de horas o algo más). Cuando esté hecho, pon el grill y deja que se dore. Saca del horno y disfrútalo. 

Notas:

  1. La cantidades indicadas en los ingredientes son aproximados. Además puedes modificarlos a tu gusto, aunque siempre debería aparecer la patata y el calabacín. Además del perejil puedes usar otras hierbas o especias.
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Soy un despistado o el porqué de un pollo al chilindrón al que agregué…

Soy un despistado. Todo el mundo que me conoce lo sabe. Yo también lo sé. Para muchas cosas aplico piernas: que se me olvidan las llaves del coche en el despacho, pues subo a por ellas; que justo cuando he subido a por ellas me doy cuenta que la tengo entre los miles de papeles que llevo en los bolsillos de mi abrigo, pues vuelvo a bajar. Soy muy despistado. Me he dejado olvidado a mis hijos en distintos lugares: en la puerta del colegio a Jorge mientras que me iba a casa con Olga; o a Olga en la puerta de la academia de Inglés, mientras me tomaba un café en una cafetería esperando a que Marta saliese de ballet, sin acordarme del pequeño detalle de que ella terminaba sus clases de inglés entre medias. Nunca pasó nada grave, más allá del gran trauma paternal (que no sólo la infancia va a tener traumas) que me crea (y alguna riña, para que vamos a negarlo). A pesar de ello mis hijos me quieren (creo) y no ha acudido aún nadie a retirarme la patria potestad.  Realmente soy despistado. Para solucionarlo me he propuesto varias veces escribir las cosas en una agenda, pero al cabo de los días me olvido de consultarla e inexorablemente la termino perdiendo. El mundo debe estar lleno de agendas de despistados.

Como no iba a ser menos, mi actividad “gastrococineril” no iba a ser una excepción. Muchas veces me cuesta varios viajes el comprar todas las cosas que necesito en el súper y, por supuesto, muchas más veces, cuando estoy entre ollas, me doy cuenta que algo se me ha olvidado. Desgraciadamente, para mí, el mise en place es en la cocina lo que la agenda es para el resto de mi vida: aquello que siempre me propongo y nunca consigo. Eso fue exactamentelo que me paso el pasado domingo.

Decidimos hacer en casa un pollo de campo (de los de verdad, no los amarillos que venden como si fueran de campo) que le habían regalado a mi mujer. A mí me gusta mucho el pollo al chilindrón que hace mi madre por lo que decidí ponerme manos a la obra. Tuve que acercarme al mercadillo a comprar tomates y pimientos que no tenía. Era una bonita mañana de invierno: sol y… más frío que robando tejas. Pero bueno, un buen pollo al chilindrón lo merecía. Como es obvio, ademas de los pimientos y tomates cayeron algunas cosillas más: unas alcachofas, patatas, mandarinas, pimiento choricero, escarola (que por cierto, me la dejé olvidada, supongo, en el puesto) y algún capricho más. Una vez llegué a casa me puse al lío: preparo el pollo; corto los tomates, las cebollas y los pimientos; doro el pollo en aceite; echo las verduritas y dejo que se pochen junto a la carnes para que vaya soltando su jugo… Miro, huelo… pintaza… Llega el momento en el que voy a echar el vino (aunque creo que el pollo al chilindrón no lleva vino en su versión original, en mi casa siempre se ha echado). Abro la nevera. Zona de las botellas. Busco una de manzanilla que tenía ahí. Sí, al lado del cajón de la fruta… Pues va a ser que no. Me enderezo y, ¡joder!, no tengo vino blanco. Puñetera memoria mía. Vuelvo a agacharme. Busco de nuevo. Que no, que no hay. Pero… ¡anda, mira lo que tengo aquí!  Esto servirá. Chorreón a la cazuela y chup, chup, chup hasta que termina de cocer. Miro, huelo… pruebo… probamos… ¡un acierto!  (Eso sí, a ver si me acuerdo de apuntar en la lista de la compra el vino).

Pollo al chilindrón con sidra natural

Ingredientes (para 4 personal):

  • 1 kilogramo, aproximadamente, de pollo troceado.
  • 350 gramos de cebolleta.
  • 350 gramos de pimiento.
  • 650 gramos de tomate.
  • 225 mililitros (un vaso) de sidra natural (sí, esto fue lo que encontré en la nevera).
  • Aceite.
  • Orégano.
  • Tomillo.
  • Pimienta.
  • Harina.
  • Azúcar.
  • Sal.

Elaboración:

  1. Limpiamos los trozos de pollo del exceso de grasa que pusiesen tener (pero no le quitéis la piel).
     
  2. Cortamos la cebolleta en cuadraditos más o menos grandes (mirepoix). Los pimientos los cortamos en tiras no muy finas (jardinera). Por último, escaldamos los tomates para pelarlos más fácilmente y los limpiamos de la pepitas. Cortamos los tomates en trozos grandes.
     
  3. Los salpimentamos y enharinamos ligeramente. En una cazuela ponemos un fondo de aceite y cuando esté caliente echamos el pollo para que se vaya tostando.
     
  4. Una vez que el pollo está ligeramente dorado, echamos en la cazuela las verduras (en el caso de que el pollo haya soltado mucha grasa al calentarse, quitamos algo de ella antes de echar la verdura). Movemos con una cuchara de palo, bajamos el fuego y tapamos la olla. Dejamos que la verdura se poche ligeramente con el pollo.
     
  5. Una vez que la verdura se haya pochado, subimos el fuego y agregamos la sidra, una cuchara de azúcar (el azúcar la echamos para contrarrestar la acidez que aporta el tomate y la sidra natural) y sal, tomillo y orégano al gusto. Dejamos destapado hasta que empiece a hervir. Una vez que lo haga bajamos el fuego, tapamos y dejamos cociendo hasta que la carne quede blanda y la consistencia de la salsa sea la que más os guste. Como os comenté en mi caso era un pollo de campo y lo tuve que dejar bastante tiempo: una hora y media.
     
  6.  Probamos y corregimos de sal si fuese necesario. Servimos acompañado de una patatas fritas a dados y de una copa de buen vino tinto (o de sidra si os hubieseis olvidado del vino tinto). ¡Salud!
     

Notas:

  1. Como es obvio, si no sois tan despistados como yo, podéis usar vino blanco en vez de la sidra. Sin embargo os aconsejo que la probéis con esta última. Queda realmente rico.
  2. Si no vais a cocer tanto tiempo el pollo como yo, os recomiendo que echéis menos sidra para que la salsa no quede muy líquida.
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Croquetas sin bechamel: croqueta de caldo de marisco con vieiras

Una croqueta, según Larousse Gastronomique (LG), es una pequeña preparación salada o dulce [...], cuyo aparejo de base se liga con una salsa bastante densa (blanca, suprema [...] bechamel) [...], y que generalmente se empanan a la inglesa y luego se sumerjen en un aceite muy caliente, que les da su característico color dorado y consistencia crujiente.

Por tanto LG no asocia exclusivamente a la croqueta con lo que, al menos en España, solemos asociar a esta elaboración, en el que el aparejo de base es la salsa bechamel. Es interesante tener claro esta hecho sobre las croquetas, ya que nos abre un amplio abanico de posibles elaboraciones. Sí parece más evidente el que la croqueta es una masa empanada (el empanado inglés que se especificaba arriba es el clásico empanado de harina, seguido de huevo para terminar con el pan rallado, pero en el que al huevo se le mezcla un poco de aceite, sal y pimienta) y frita.

Teniendo en cuenta esta idea, estas pasadas navidades decidí hacer unas croquetas un poco distintas a las clásicas croquetas de pescado, de las que ya os puse la receta en una entrada anterior, o carne. Como además era para navidades y no iba a poner en la comida mariscos, decidí hacerlos de crema de marisco con vieiras.

Tengo, eso sí, que haceros dos confesiones. La primera es que, en realidad, la vieira no fue auténtica vieira (aunque el hipermercado que las comercializa congeladas las llama así en las etiquetas) sino ostiones chilenos (Argopecten purpuratus). A mí, personalmente, este es un producto que me gusta bastante, ya que tiene una magnífica relación calidad-precio y para algunas elaboraciones, como son estas croquetas o como acompañamiento en sopas, dan muy buen resultados.

La segunda confesión es que la crema de marisco que usé no es casera y, además, no es puramente una crema de marisco, sino de pecado y marisco. Por supuesto me gusta más una buena crema de marisco casera, pero cuando tuve que elaborar esta receta no tenía tiempo, así que decidí usar un litro de caldo para fideua de la marca Aneto, que para mi gusto es de una gran calidad. Este caldo lo conocí gracias a una muestra que ellos me mandaron tras conocerlos personalmente en el Salón Gourmet del año pasado. Lo usé en su momento para hacer un arroz y como me gustó, decidí comprarlo para hacer estas croquetas. Es curioso que ninguna de las dos veces que lo he empleado lo haya hecho para elaborar una fideau, pero es que si os fijáis en sus ingredientes, os daréis cuenta que es un caldo de pescado con un sofrito con pescado de roca y mariscos y que, por tanto, puede ser empleado para muchas más elaboraciones de las que se indica en su envase. No tengo ni idea de marketing, pero como usuario a veces pienso si Aneto no debería dar más ideas (o proponer más recetas en su web o en los propios envases) a sus clientes para la utilización de algunos de sus productos. Es obvio que si tienen unos productos que engloban bajo una gama que ellos llaman paella (en el que este caldo se incluye), les den predominancia a esta elaboración, pero no tiene porqué restringirse a ella, y un ejemplo se encuentra en esta receta. Espero que os guste.

Croquetas de caldo de marisco con vieiras

Ingredientes:

  • 70 gramos de harina.
  • 70 gramos de mantequilla.
  • 1 litro de caldo de mariscos.
  • 250 gramos de vieiras (u ostiones chilenos).
  • Pimienta.
  • Sal.

Elaboración:

  1. Separamos en la vieiras el coral y el músculo. Cortamos ambos en trozos medianos (yo, los ostiones que usé, los corté en cuatro trozos cada uno, y el coral no lo corté, aunque os recomiendo que lo hagáis con este último en este paso ya que yo lo tuve que hacer antes de mezclarlos con la masa ya que me di cuenta que eran demasiado grandes). Salamos ligeramente. Ponemos una sartén al fuego y añadimos un poco de aceite. Cuando esté bien caliente marcamos por separado el coral del músculo de la vieira. El primero lo haremos muy brevemente, mientras que el segundo, que lo iremos echando en pequeñas tandas para que no se nos enfríe la sartén en exceso, lo dejaremos algo más. En cualquier caso, ambos deben hacerse muy ligeramente, siendo el objetivo que los trozos de vieira se tuesten externamente. Una vez marcados, los reservamos.
  2. Elaboramos el roux poniendo en una sartén grande o en una olla la mantequilla a fundir. Agregamos la harina y la tostamos en la mantequilla.
  3. Una vez se haya dorado la harina, vamos agregando poco a poco el caldo de marisco, que debe estar caliente. Vamos dando vueltas regularmente a la masa, a fuego bajo-medio,  con unas varillas.
  4. Cuando la masa de las croquetas esté casi hechas, echamos las vieiras y sus corales que habíamos reservado previamente. Mezclamos bien con las varillas. Probamos de sal y corregimos si fuese necesario. Ponemos pimienta al gusto.
  5. Una vez preparada la masa la volcamos sobre una fuente ancha para que enfríe. Para que no se forme costra,  ponemos film sobre la masa, que debe encontrarse en contacto con ella. Una vez fría, formamos las croquetas como nos apetezca (yo en esta ocasión las formé redondas). Empanamos usando en primer lugar pan rallado, luego huevo y, por último, de nuevo pan rallado. Freímos en abundante aceite caliente y servimos.

Notas:

  1. Si quieres ver con más detalle cómo debe ser el proceso de fritura de las croquetas, te recomiendo que leas esta entrada.
  2. Como es lógico, las vieiras puedes sustituirlo por otro marisco, como gambas, langostinos o trozos de cangrejo.
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